Llegar antes puede cambiarlo todo en los tumores biliares

16 abr 2026

Expertos reunidos en una jornada en el ICOMEM piden diagnóstico molecular completo desde el inicio, mejor selección para cirugía y más acceso real a terapias dirigidas.

Los tumores biliares siguen llegando tarde, y eso condiciona casi todo. Reduce las opciones de cirugía, estrecha el margen terapéutico y deja a muchos pacientes fuera de avances que hoy ya existen. Esa fue la idea que atravesó la jornada celebrada en el ICOMEM, donde especialistas en oncología coincidieron en tres urgencias: diagnosticar antes, estudiar mejor el tumor desde el principio y tomar decisiones quirúrgicas con más experiencia y más coordinación.

En los tumores biliares, el tiempo pesa. Mucho. Cuando el diagnóstico llega tarde, las opciones cambian, el pronóstico empeora y el tratamiento se vuelve más complejo. Por eso, la jornada celebrada en el ICOMEM no se planteó como una simple puesta al día, sino como una llamada clara a mejorar todo lo que ocurre antes y después de que el paciente entre en tratamiento.

Fernando Rivera Herrero, jefe del Servicio de Oncología Médica del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla y vinculado al Grupo TTD, puso el foco en el gran problema de partida: “Son tumores que se diagnostican tarde y mal muchas veces”. Rivera advirtió de que hablamos de tumores especialmente difíciles por su localización, por su heterogeneidad y por la complejidad del propio diagnóstico, que en ocasiones puede confundirse con otras entidades.

Su mensaje fue directo: “Tenemos que llegar antes”. Porque en buena parte de los casos el tumor se detecta cuando la enfermedad ya está avanzada y la cirugía con intención curativa deja de ser una opción real. A eso se suma otra dificultad: bajo la etiqueta de tumores biliares conviven enfermedades distintas, con comportamientos biológicos diferentes, que obligan a afinar mucho más el abordaje.

Ahí entra una de las ideas más fuertes de la jornada: ya no basta con diagnosticar el tumor, hay que conocerlo bien. Teresa Macarulla, jefa del Servicio de Oncología Médica del Hospital Clínic de Barcelona, fue muy clara al resumir la conclusión de su grupo de trabajo: “Necesitamos tener en todos los centros un estudio molecular desde el inicio del diagnóstico de la enfermedad”.

Macarulla defendió que ese análisis molecular debe ser más completo y más homogéneo entre hospitales, porque quedarse corto en el panel significa perder oportunidades terapéuticas. “Podría ser que dejáramos de diagnosticar determinadas alteraciones y, por tanto, los pacientes perdieran oportunidades de ser tratados con dianas terapéuticas”, explicó. Traducido a la práctica: no detectar bien una alteración puede dejar fuera al paciente de un tratamiento dirigido que sí podría ayudar a controlar mejor la enfermedad.

La especialista recordó además que algunas herramientas diagnósticas son asumibles y deberían estar plenamente integradas desde el principio, no como una excepción ni como un recurso tardío. El mensaje de fondo fue claro: el diagnóstico molecular no puede depender del centro al que llegue el paciente ni del alcance del panel disponible; tiene que formar parte del estándar.

La otra gran discusión estuvo en la cirugía. O, más exactamente, en todo lo que ocurre antes de decidir si un paciente puede o no puede operarse. Ángela Lamarca, oncóloga médica del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, explicó que buena parte del debate giró en torno a una pregunta tan básica como decisiva: “¿Cómo definimos si hay o no hay cirugía?”.

Su grupo dedicó una parte importante de la sesión a hablar de resecabilidad, de selección de pacientes y de la necesidad de que esa decisión no dependa solo de la capacidad de cada hospital para resolver estos casos. “Cómo nos aseguramos de que cirujanos expertos tengan una opinión sobre qué es operable y qué no es operable” fue, según Lamarca, una de las cuestiones centrales del debate.

Y ahí apareció otro de los mensajes con más peso de la jornada: en estos tumores, centralizar no es una palabra abstracta, sino una necesidad clínica. Lamarca lo explicó con una imagen muy concreta: “Un cirujano tiene que estar en el quirófano haciendo la cirugía; no puede por mensaje dar un consejo”. Por eso defendió reforzar la conexión entre centros, acercar la experiencia de los equipos con más volumen y apoyar la toma de decisiones compartidas, especialmente cuando se trata de valorar si un caso puede beneficiarse o no de una intervención.

Junto a eso, los especialistas también miraron hacia lo que viene. En los pacientes resecables, el tratamiento tras la cirugía sigue teniendo recorrido de mejora. Lamarca reconoció que hoy existe un estándar, pero también que está lejos de ser la respuesta definitiva: “Estamos todos de acuerdo en que el tratamiento estándar es la capecitabina, aunque a ninguno nos gusta ni nos parece que sea el tratamiento que nuestros pacientes se merecen”. La discusión, por tanto, ya no está solo en qué hacer después de operar, sino en si habrá que tratar antes, seleccionar mejor y diseñar estudios más precisos según el perfil del tumor.

Ese cruce entre diagnóstico temprano, perfil molecular y mejor selección quirúrgica fue precisamente lo que dio fuerza a la jornada. No se habló solo de avances, sino de cómo hacer que lleguen de verdad al paciente. Rivera lo resumió así: “Curarse ya no es imposible en estos tumores”. Pero para que esa posibilidad deje de ser excepcional, el sistema tiene que afinar mucho antes: sospechar antes, diagnosticar mejor, decidir con más experiencia y tratar con más precisión.